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Director y guionista defienden la universalidad de la película sin incurrir en costumbrismos
«De la novela enseguida me interesó el espíritu, el arranque tan enigmático, el clima poético, la reflexión sobre la muerte como única verdad; también los saltos temporales muy cinematográficos ». Antonio Banderas gesticula con precisión de actor, transmitiendo entusiasmo con las manos y la mirada, sentado en la penumbra de noviembre frente al Mediterráne «Y me interesó mucho ese hilo de tensión, que creo no haber perdido en la película, muy cercano al 'thriller' aun no siéndolo; sin saber cuál es el sujeto de ese suspense. En la novela, desde que los personajes pierden el control, se percibe la guadaña. Hablando en términos de los años setenta, diría que es una película experimental cuyo mensaje sería: 'Hay que darse prisa en vivir, porque a la vuelta de la esquina espera la guadaña'».
Después de 'Crazy in Alabama', una ópera prima celebrada incluso en los circuitos de culto sin prejuicios por el actor de éxito, Banderas esperaba una nueva historia para volver a dirigir. Antonio Meliveo, un viejo compañero de viaje por el camino de los Ingleses en la Málaga de los setenta, con el que había creado la productora Green Moon, le enviaba guiones, novelas, y siempre las obras de Soler, otro amigo de entonces. Banderas, después de 'Las bailarinas muertas', se había planteado 'El nombre que ahora digo', pero desistió por sus dificultades y por el presupuesto. Sin embargo, en 'El camino de los Ingleses' encontró una historia que él andaba buscando, que él mismo ya había tanteado en un guión propio aunque inconcluso.
Banderas: «Yo no tengo el poder de la escritura de Soler pero su novela era el instrumento que me acercaba a mi objetivo, y de un modo no costumbrista; eso me importaba mucho. A partir de ahí la regla que nos planteamos para trabajar es que no había reglas. Algún arañazo nos llevaremos de la crítica, pero para hacer películas bajo la Ley de Gravitación Universal ya tengo América, y aquí quería adentrarme en un territorio jodido, visceral».
La decisión de hacer 'El camino de los Ingleses' se precipitó. Dice Soler: «No fue como si de repente te toca el gordo de la lotería. Más bien fueron saliendo los números poco a poco. Ese proceso fue administrado por Antonio Meliveo, decisivo en este proyecto. Él me contó que le había enviado el libro a Banderas; que a éste le estaba gustando; que Banderas creía que ese libro tenía una película; finalmente que quería hablar conmigo. Es como cuando salen los números de la lotería y ves que te va a tocar el premio. Entonces Antonio vino, me contó cómo había leído el libro y cómo veía la película».
Banderas: «Para mí fue una decisión inmediata. En realidad todo lo que yo he hecho en mi vida, todas las decisiones, las he tomado en cuestión de horas. A mí hay algo que me mueve, y que me impide incluso cansarme: el apasionamiento por una idea».
Mientras hablan, el diálogo retrata dos personalidades desiguales: Banderas, expansivo, desenvuelto, enérgico, apasionadamente inquieto, se reclina, se incorpora, se retrepa, cruza una pierna, la otra, domina la escena, no apacigua su inteligencia emocional; en el mismo sofá Antonio Soler, sosegado, casi introvertido, pastoreando pausas e interrogaciones, con una inteligencia reflexiva. «Me propuso dar un salto mortal, en una clave distinta a la novela. Y lo vi tan claro que acepté su única condición: escribir yo mismo el guión. A veces yo había hablado con otros directores, y siempre tuve claro que no haría esto. Pero Banderas veía las cosas de otro modo. Lo suyo no era sólo una oferta profesional, sino una invitación a implicarnos muy personalmente».
Aquí no había precedentes de un novelista que asumiera la tarea en solitario de redactar el guión. Aunque Banderas había tanteado ese método con Mark Childress en 'Crazy in Alabama', hace falta mucha confianza y valentía para asumir el riesgo de no contratar un guionista profesional, siquiera como coguionista, apostando por alguien que sólo se ha manejado en otro código.
Banderas: «De otro modo yo me habría encontrado con dificultades que trataba de evitar. La novela es muy compleja, y de ningún modo quería traicionarla. Y el único que realmente podía manejar esto era el padre de la criatura. Y además me di cuenta que él estaba dispuesto a participar, no por reescribir la novela, claro, sino para cazar al animal cinematográfico, que es otro animal diferente».
Soler: «Sí, ahí estuvo la clave. Y tiene que ver no sólo con un proyecto de cierto valor sentimental, sino con una propuesta artística tan sugestiva que en ningún momento pensé decirle que no. Cuando llegó el momento definitivo del encargo, yo tenía por delante siete meses, pero en los cinco siguientes no escribí nada; me fui armando mentalmente para deshacerme del papel de novelista y asumir el de guionista. En ningún caso quería caer, como otros novelistas, en la obsesión por no sacrificar nada de su libro».
Para un novelista muy consagrado como Soler, con una obra armada, la decisión no podía ser fácil. Adentrarse con su propia novela en el cine suponía asumir riesgos obvios, tanto más junto a Antonio Banderas, un mito muy expuesto a los focos.
Soler: «Cuando no te pasa nada es cuando te quedas acostado. Todo es un reto. Pero estamos en esto precisamente por tener ese espíritu. Y por eso estuve cinco meses metiéndome en ese pellejo, pensando en proporcionarle un guión interesante. A mí transitar caminos que ya conozco no me interesa. De hecho, mientras estaba en esto, escribí 'El sueño del caimán', una novela distinta a todas las anteriores».
Esa confluencia de Banderas y Soler en el proyecto les reunía veinticinco años después de que ambos cruzaran sus respectivos 'caminos de los Ingleses' ensayando dos huidas distintas: Banderas hacia fuera, alejándose vía Madrid, después EE. UU.; Soler hacia adentro, interiorizando todo aquel mundo en su mundo literario propio. Esos dos itinerarios vitales acaban coincidiendo con este proyecto.
Banderas: «Es verdad, en parte por las características de nuestras profesiones: pero el efecto boomerang sí me interesaba. Y esto tiene mucho que ver con Green Moon, creada para indagar aquí».
El peso de los recuerdos
Confluir en un proyecto en Málaga, con Meliveo, Soler, Banderas, con una historia adolescente en los setenta, donde su memoria conecta con sus vidas cruzadas, podía suscitar el riesgo de incurrir en 'la tentación de la nostalgia', revisitando el territorio común de sus biografías juveniles.
Banderas: «No para mí».
Soler: «Para mí tampoco. Eso quedó claro desde el principio».
Banderas: «En esta película -al contrario que en 'Crazy in Alabama' que sí indaga en la emoción- hay bastante frialdad, distanciamiento. Quizá al modo de la 'nouvelle vague'. Todo se ve como a través de una cortina. No está todo ahí; se trata de sugerencias. Yo no pretendo que el espectador ate todos los cabos y entienda la totalidad del mundo metafórico de la película. No se le pide una lágrima a nadie. Sobre todo en la parte final -ahí seguí muy de cerca el guión- donde Meliveo tiene mucho protagonismo con la música. Yo no implico a los personajes, a esos hijos terrenales olvidados del mundo. Simplemente los visito; pero no trato de crear un clima emocional. Invito a una reflexión. Como esos personajes de Brecht que guiñan al público haciéndoles ver que se trata de una ficción. Y eso está en la mirada final del Garganta: esto sólo es una película».
La revisitación biográfica resulta inevitable, mirando atrás, a aquellos años en que Soler coincide con Meliveo en el colegio Los Olivos; y después conectan a través de otros amigos de aquellos días de motocicletas e inquietud. Soler tenía una novia llamada Inmaculada que hacía 'Jesucristo Superstar'; cierto día fue a visitarla con Meliveo, y éste se enganchó con el teatro y conectó con Banderas, en los años del grecolatino y de Dintel con obras de Miguel Gallego. Décadas después alguien en América les llamará 'Los 3 Tonys'. Hay un efecto dominó, o tal vez sea efecto mariposa: una sonrisa de una chica llamada Inmaculada provoca el estreno de 'El camino de los Ingleses' treinta años después. Parece impensable reunirse a trabajar como si aquello no estuviese ahí.
Soler: «Sí, pero yo ahí llevaba ventaja. Esto lo había experimentado al escribir la novela. En el guión ya estaba liberado de ese lastre emocional. Y pude centrarme mucho más en los aspectos creativos, racionales. Cuando Meliveo leyó la novela, me comentó que le había dejado en trance por revivir esos años de su vida. Yo había pasado por ahí, y en la novela ya había prescindido de cosas que no me interesaban nada: una era la ciudad, que en la novela se menciona una sola vez; y otra la época, que se identifica como veintitrés años atrás, hacia el ochenta. Esto era intencionado porque yo no quería hacer una novela de nuestra generación concreta en nuestra ciudad concreta, sino hablar de un proceso por el que pasan todos los seres humanos: un camino estrecho por el que la gente quiere romper los cercos que le pone el mundo. Ahí aparecen cosas de nuestra autobiografía, pero yo trataba de evitar un revival generacional».
Precisamente aquel año de 1980 Banderas toma el expreso de Málaga a Madrid, con 15.000 pesetas en el bolsillo, tras haber hecho un 'Julio César' de Shakespeare, seguro de que su ciudad se le había agotado. Alguna vez ha contado que, con el primer tirón del tren, sintió que se le había desprendido toda su infancia.
Banderas: «Sí, nosotros logramos atravesar el camino de los Ingleses y hacer realidad nuestros sueños. En realidad el 'camino de los Ingleses' no es la huida de Málaga, sino todo lo anterior; el vacío existencial de querer ser actor en una ciudad donde la actuación era ridícula. Mi familia decía: ¿Este niño está loco! Y me espetaban: 'Tienes que hacer algo de provecho'. Ese es el vértigo que se rompe. Y ahí está uno de los conflictos de la película, muy claro en Luli: ¿hasta qué punto una niña puede venderse para conseguir lo que quiere hacer? Esto es visto por Miguelito como una prostitución. En fin, yo viví aquello, cuando uno trata de llegar temiendo quedarse en un desgraciado. De mí se esperaba que trabajase en un banco, los domingos en el campo en familia y tardes de fútbol; y a Soler le preguntaba un portero 'Antonio, ¿tú qué haces?', y él decía 'soy escritor', y el otro 'ah, vale, pero ¿y qué haces?'. En 'El camino de los Ingleses' hay algo, mucho, sobre la gente que se quedó atrás, que no pudo cumplir sus sueños, a los que la vida les puso zancadillas. Ahora tengo hijos veinteañeros, que están en la mitad de su 'camino de los Ingleses', y se quedaron asombrados ante la película por los puntos de encuentro con su vida».
Soler: «Sí, no se trata de las claves exteriores, sino del tránsito interior y esa precariedad ante todo afectiva, sexual, económica, de todo tipo, cuando todo está por hacer y no tienes experiencia. Es una lluvia interior, de inseguridades, muy fuerte».
Banderas: «Sí, eso que suicida a Larra es tal vez lo que hace que alguien en nuestra generación se meta un pico de caballo. Cambian las caras, pero el proceso es el mismo».
Soler: «Sí».
Banderas: «De hecho, a mí me interesó mucho el propósito de Soler de afeitar todas las claves exteriores. Y en ese sentido, la ausencia de política es fundamental. A mí me encantó que estando a finales de los setenta, en un país absolutamente politizado, con la ciudad llena de carteles, no aparezca nada de eso. A mí, en aquella época, me importaban más las tetas de mi novia que Franco. Se trataba de cortar todos los vínculos propios del costumbrismo. Aquí hablamos de la metafísica de la juventud; y de las pruebas más duras a las que se tienen que enfrentar. Esto es la antítesis de lo que Hollywood haría con la película. Allí hay un género propio que es el 'coming of age', el salto de edad, y habría músculos, primavera y sexo. Nosotros no entramos por ahí. El sexo, por momentos, se convierte en algo doloroso, con inseguridades tremendas. Miguelito desfallece cuando Luli se lleva la mano entre las piernas viendo a otra pareja; pero es el rey del mambo con la señorita del casco cartaginés. Esta película habla un poco de la imposibilidad de amar amando. De 'te quiero pero no sé cómo hacerlo'. Nadie trae un manual de instrucciones. Miguelito se agarra a la 'Divina comedia' como si fuera un mapa que le va a guiar en la vida, hasta que el mapa se rompe: 'Eres tú', le dice la señorita del casco cartaginés, 'busca dentro de ti', que es un topicazo muy de los setenta pero una gran verdad. Por eso yo quería relatar esta historia».
En la obra de Antonio Soler hay una poetización característica de las sombras más siniestras de la vida; una respuesta lírica a la angustia del malestar: «Sí, pero yo eso en una novela puedo solventarlo con lenguaje. Ahí yo soy dueño de todo al contar la historia, aunque haya cosas morbosas, insanas. Un lenguaje hermoso te distancia de lo que cuentas. Pero cuando haces el guión, ya eres dueño sólo de una parte de eso. Recuerdo algo que decía John Irving en 'Mis líos con el cine', confesando que al escribir un guión le parece estar escribiendo sólo a medias, porque no es el dueño del lenguaje. El todo se te escapa. Tú sugieres en el guión; pero el lenguaje lo ponen otros. Y creo que han hecho un gran trabajo. A mí me parece una película valiente pero también una película muy hermosa. Ahí está la pátina poética».
Rodaje en equipo
Banderas: «El proceso formal de la película fue lo más complejo. Esto hay que trasladarlo a la dirección de arte, al vestuario, la fotografía, hasta dar con el tono. Me encerré con Xavi Jiménez en Málaga hasta dar con él. El objetivo era fotografiar los recuerdos. Y yo, cuando recuerdo, no veo un retrato al natural, sino matizado por las idealizaciones y olvidos. Era muy importante usar las lentes para poner acentos. Cuando no usas un 50mm sino un 290, abstraes al personaje de la realidad. Para mí fue importante usar dos cámaras simultáneamente: al ser actores muy jóvenes, cuando das con la toma buena, ya tienes el corte; pero además esa segunda cámara iba captando los detalles. Otra de las claves de la película es la luminosidad, tanto en las claridades como las oscuridades. Xavi hizo un trabajo fundamental; y Antonio siempre estuvo ahí, a mi lado, para analizar cada cosa. Era un trabajo de orfebrería».
Tras tomar la decisión arriesgada de convertir al autor de la novela en guionista único, Banderas siempre le tuvo a su lado en todo el proceso de decisiones: en el casting, las localizaciones, el rodaje y hasta en el montaje.
Banderas: «Yo he utilizado cada herramienta que pudiera servir, y Soler no es una herramienta más, sino la fuente principal de esa historia. Poder contar con él de esta manera, además de flexibilidad, me aportaba una gran tranquilidad de espíritu».
Soler: «Sí, a veces se trataba de cosas importantes, y otras sólo eran detalles. Yo estaba ahí con él; tendimos realmente a trabajar juntos. Puede parecer extraño ver al novelista metiéndose en el proyecto de su obra sin ser el que maneja el timón; pero es sobre todo una cuestión anímica. Se trataba de trabajar en equipo. Hubo puntos de tensión, pero nunca reservas. Y a partir de eso, todo vale, excepto taparse. El responsable de la película es Antonio Banderas, pero para los demás también es nuestra película».
Banderas: «Como con Soler, ese diálogo se daba con cada pieza. Con los propios actores yo hablaba mucho. Dirigir no es sólo proponer. Dirigir también es aceptar. Se trata de mover ideas. Cuando veía en la mesa de edición toda la película, los planos, la música, veía allí casi 65.000 decisiones, y eso sólo de montaje, excluyendo la producción y el rodaje. Podía parecer de locos. Por eso la película debía tener una cabeza pero un trabajo en equipo. Y más en esta película tan compleja, que arranca del caos y es un puzzle de piezas en movimiento».
Soler: «Realmente cuando escribí el guión, yo ya planteaba un puzzle con mucha libertad de movimiento. Bueno, eso resultaba algo cabrón, porque exigía mover y manipular todas esas piezas».
Banda sonora
En el lenguaje de la película, la música resulta determinante. Antonio Meliveo, su autor, es una figura central en el proyecto, una persona real de aquellos años y un personaje de la novela.
Banderas: «Antonio Meliveo y yo nos relacionamos de una forma casi virulenta, y es así desde hace treinta años. Él necesita situarse en un punto de tensión para que las notas le salgan a borbotones. Costó, pero ha hecho una música absolutamente personal que se corresponde con el espíritu de la película, esa frialdad de la que hablábamos, alejada de lo convencional. Y después se usan dos canciones en inglés -una de los Who, otra de Phish- que conectan con la realidad de entonces: en aquella época el flamenco nos tocaba los cojones, formaba parte de algo a lo que no queríamos pertenecer, y sólo años más tarde lo intelectualizamos; en cambio, en aquel momento nos interesaba lo que venía de fuera, porque era una forma de salir de aquí».
Soler: «A mí la música de Meliveo me parece maravillosa. Realmente completa el trabajo, los lenguajes de la película, consumando la intención de ésta. Cuando yo acabé el guión, le dije: ¿Te vas a hinchar!, porque yo había intentado contar la historia con el menor número de palabras, en cierto modo contra las expectativas del escritor. Pero yo entiendo que el cine es imagen, y todo aquello que se puede contar con imágenes no hay que verbalizarlo. El final de la película es casi cine mudo».
Banderas: «Como una ópera».
Soler: «Sí, creo, de hecho, que es una película muy musical».
Banderas: «Ya lo era 'Crazy in Alabama', pero ésta nos dejaba más margen. Los puristas dirán que hay un exceso de música, pero, en fin, el cine es arte total. También es una cuestión personal: yo necesito la música como el comer. Casi podría hacer el mapa de mi vida con temas musicales. Y quería música más allá de la pureza. Tras esos doce minutos finales, bajo la lluvia, quedamos como golpeados por un puñetazo».
Soler: «Sí, no es una película de decir '¿qué bonita! hala, vámonos'. No será una de esas película con las que te ocurra como en los mostradores de DVD's, donde miras las carátulas y te preguntas si has visto ésa o no. Seguro».
Banderas: «Es una película muy austera y no fácil de digerir. No hay orgasmo. Es hacer el amor con un coitus interruptus al final. Cuando el público necesita una lágrima, la película no se la da».
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